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La crisis de salud que atraviesa el Órbis Terrarum, mantiene consternada a una gran parte de la población mundial por razones que son de conocimiento común. La pérdida del patrimonio, de la salud, o peor aún, la pérdida de un familiar o de la vida misma son circunstancias que están muy próximas al ciudadano común, a la clase trabajadora por el hecho de vivir en condiciones socioeconómicas propias de la pobreza. Es decir, el escenario donde se corren los mayores riesgos ha de ser pisado principalmente por los desposeídos, mientras la clase propietaria y el Estado observan incólumes y dirigen las vidas de los que nada tienen desde su pedestal colmado de privilegios económicos y políticos.

 En el caso de México, el 1 de marzo el país no contaba con decesos a causa del Covid-19. Un mes después, el 1 de abril, registraba 29 muertos. A mediados de abril ya había 406 muertos; el 1 de mayo 1859 muertos, a mediados del mismo mes 4,477 muertos. El 1 de junio, México inició el mes con la “nueva normalidad”, con 31 de los 32 estados en semáforo rojo y con 9,930 muertos. Nueve días después de iniciada la “nueva normalidad”, el país tenía 14,649 muertos (más de 5,000 muertos después de levantar la cuarentena). Posteriormente, 19 días después del decreto del gobierno, sumaban 20, 349 vidas perdidas.

En 19 días México pasó de 9, 930 a 20, 349, es decir, poco más del doble de fallecidos por entrar a la “nueva normalidad” impuesta por el gobierno morenista de Andrés Manuel López Obrador. Más de 10,000 muertos en solo 19 días. Esto es, en 19 días murieron más personas de las que habían muerto en 3 meses. El primero de julio, y a dos días de que de la Ciudad de México (CDMX), gobernada por la también morenista Claudia Sheinbaum, decretara el paso del semáforo de color rojo al anaranjado en la capital (tras un intento anterior que sólo anunció este tránsito como un hecho unilateral y sin fundamento ético), el país registró 28, 510 defunciones. La jefa de gobierno mediante un mensaje a los capitalinos, como si de una broma infausta se tratara, anunció que “el semáforo anaranjado está más cerca del rojo que del verde”, para abonar así a la miríada de declaraciones contradictorias y confusas que dicen y desdicen los diferentes políticos y especialistas que aseguran tener controlada la pandemia.

Durante el proceso de construcción de este escenario, el 25 de mayo, con desbordado cinismo, Ricardo Salinas Pliego twitteo lo siguiente: “Le pregunto a mis amigos en cuarentena en Valle... o donde quiera que estén recluidos, ¿cuál es su plan a futuro?: 1. ¿Quedarse encerrados hasta que haya cura o vacuna? 2. ¿Quedarse encerrados hasta que el gobierno les diga que pueden salir? 3. ¿Quedarse encerrados hasta que un buen día se desapendejen y decidan salir a vivir la vida con todo y sus riesgos? ¿O hay algo que no veo, algo que se me escapa? ¡Abrazos cariñosos!”. 18 días después, el 11 de junio, el gobierno de AMLO, en su propia voz, pidió a los mexicanos “vencer el miedo” y “ejercer la libertad” ¿para qué? Para salir a las fábricas, a las maquiladoras y a los comercios para asegurar que el capitalista no pierda ganancias dinerarias, para reactivar la economía, ¿A costa de qué? De la vida misma. Ricardo Flores Magón aseguraba que cualquiera que sea el gobierno, su función es la de ser el perro fiel del capital y defender sus intereses, de modo que la clase propietaria lo que hace es cambiar de galgo cada que las instituciones electoreras lo demandan para seguir manteniendo al pueblo en la explotación y en la injusticia.  Cualquiera con sentido común puede conocer cuáles son los intereses de este gobierno y a quién sirve.

Sólo por citar un caso, Ricardo Salinas Pliego no cerró sus negocios, como si lo hicieron la gran mayoría de pequeños comercios. El gobierno no lo presionó para acatar las medidas que impuso a comercios menores, sino que mandó granaderos, que ahora conforman el Comando de Operaciones Especiales, para proteger sus negocios de eventuales saqueos, en caso de que el pobrerío intentara cometer tal atentado contra el gran explotador.

 

 Por otra parte, AMLO y el subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, han dicho que mucha gente vive al día y que tienen que salir a trabajar, que por eso “no se puede perpetuar el confinamiento”. ¿Entonces qué queda? “Salir a vivir la vida con todos sus riesgos”. ¡Vaya enseñanza del gurú explotador! Al mismo tiempo, dicen que México es un país “profundamente desigual”, cosa que, por lo menos desde 1817, ya había consignado Alexander von Humboldt en su Ensayo Político sobre la Nueva España, y aseguran que esta “profunda desigualdad” es lo que vuelve imperativo que se marche hacia la “nueva normalidad”. Esperamos equivocarnos, pero lo lógico es que mientras el gobierno se empecine en la necedad de reactivar la economía y en exponer a la clase trabajadora en lugar de socializar la riqueza acumulada por un puñado de capitalistas y políticos profesionales de la crematística, se incrementarán los contagios y los fallecimientos. ¡Muéranse los pobres! ¡Viva la economía! Ladran todos los días los demagogos, seguros defensores de la desigualdad de facto.

Sin embargo, las palabras del presidente y del subsecretario de Salud no buscan cuidar la vida de las personas. Tan solo, para dar una idea, desde marzo hasta finales de abril se perdieron 707, 055 empleos formales. ¿Pero qué ocurre con el sector llamado “informal”? México es un país con 126 millones de habitantes. De los cuales, 57.62 millones pertenecen a la población económicamente activa y 2.01 millones no cuentan con empleo. De estos 57.62 millones, 54.7 por ciento pertenecen al sector informal, mientras que 45.3 por ciento son parte del sector formal. En sí, a estos 707, 055 empleos formales perdidos, habría que agregar las actividades de la economía informal (entre estas se encuentran el comercio, la industria manufacturera, lo servicios de transporte, servicios de alojamiento y preparación de alimentos y bebidas). Por lo tanto, el escenario es bastante sombrío, dado que, debido a la pandemia, los mayores riesgos en la pérdida de empleos se ubican en la industria manufacturera, en el comercio, en restaurantes y servicios de alojamiento.

Esto último, genera tres escenarios que, únicamente, se pueden diferenciar por una pérdida mayor o menor de empleos. Estos son: a) dos millones de empleos perdidos (en el escenario más favorable); b) tres millones de empleos perdidos (en el escenario que podría ocurrir), y c) más de cinco millones de empleos perdidos (en el escenario más catastrófico). No obstante, y sin importar cuál escenario ocurra, ninguno de estos es favorable para el pueblo mexicano. Ya sea que se pierda un empleo o seis millones, es la población quien sufre todos los embates y privaciones, mientras que el presidente atiende al populacho desde “Palacio Nacional”. ¡Vaya espíritu republicano!

Pero esto no termina aquí, el pueblo -hace dos años- les votó con cierta aspiración hacia algo que pudiera cambiar su situación y, así, calmar un poco el sufrimiento y la miseria de México. Empero, esta crisis constató que, no importa que el Estado, sus aparatos y el gobierno, sea ocupado por personajes de “izquierda” o “derecha”. Puesto que, en nuestra formación social mexicana, lo único que vira es la administración pública, pero se mantiene el mismo atraso productivo, atraso educativo, atraso en el tema de la salud, etc. Esta pandemia reafirmó que el Estado, sin importar quién o qué fracciones detente sus aparatos, tiene la función de cohesionar y condensar las relaciones sociales de una formación social.

Asimismo, esta pandemia constató ese espíritu característico de la burguesía mexicana, y sus fracciones, como seres arcaicos, detestables y sin una pizca de cerebro. Se reafirmó ese espíritu del auri sacra fames (maldito deseo de oro), en el cual, pomposamente, se presentan como empresarios y capitalistas, pero no saben producir ni un jarro sin el auspicio del Estado o del capital íntegro internacional. Esta crisis constató aquello que sabíamos, que el Estado mexicano no puede ni podrá solucionar los problemas del pueblo mexicano; que la burguesía mexicana y sus fracciones continúan detentando aquella ideología de la hacienda virreinal y posteriormente porfirista, en la cual no saben producir valor (en el entendido que ni el capital ni el Estado producen valor, dado que es el trabajador quien lo produce y este le es despojado por los primeros dos), puesto que no cuentan y tampoco les importa tener relaciones productivas íntegras. Únicamente saben generar enormes cantidades de trabajo, a costa de la mano de obra mexicana, que es altamente calificada y es explotada despiadadamente. Por si fuera poco, así como ocurre con el coronavirus, la estupidez se transfiere y se contagia entre lo económico y lo político. ¿No recuerdan aquella propaganda, que todavía hoy circula en el Metro de la CDMX?  Esta dice lo siguiente: “Hablar, cantar y gritar también contagia el coronavirus […]”. ¿Cómo supieron que cuando el pueblo viaja en Metro, se la pasa hablando, cantando y gritando? Obviamente, pareciera que, para el gobierno -y sin caer en un acto de irresponsabilidad por nuestra parte dado que entendemos la razón de estos procedimientos- el contacto diario entre millones de personas, por falta de espacio en el vagón, no tuviera la menor importancia.  

Lo mismo ocurre con su Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC), pues en su afán de reiniciar la producción, el gobierno se llena la boca al decir que es el mejor de su época, ya que agrega cuestiones novedosas en el tema laboral y ambiental. No obstante, y no es una cuestión propia de este gobierno, se cae en la terrible confusión entre lo que se ve (lo material, es decir, la pobreza y miseria) y lo que se escribe (este fabuloso tratado que contiene las mejores regulaciones laborales). En otras palabras, devenir en categoría social, no es equiparable a tener injerencia sobre la vida económico-política del país. Dado que, entre la letra y la acción hay un enorme trecho. Por ejemplo, con respecto a la libertad de asociación y acción sindical, México es uno de los países que más acuerdos firmados tiene con la OIT. Sin embargo, 90 por ciento de los contratos son de protección patronal y 80 por ciento de los sindicatos son corporativos (desde charros hasta el de protección patronal). Sin olvidar, claro está, el penoso caso que sufrió, hace unos días, la compañera Susana Prieto Terrazas, lo cual significó un claro atentado en contra de la libertad de acción y decisión sindical. Entonces, ¿de verdad pueden creer lo que dice el Estado mexicano a través de sus leyes escritas? ¿De verdad pueden creer que únicamente se perdieron 707, 055 empleos?

No obstante, y como se dijo líneas arriba, el discurso del presidente y del subsecretario de Salud llega hasta una descripción enclenque de las condiciones de vida de la población mexicana, porque lo que callan, es por el bien de la clase propietaria y del perro fiel que la salvaguarda a cambio de indignas prebendas. En este país, 39 personas tienen un patrimonio mayor a los 500 millones de dólares, mientras que otras 226 personas poseen entre 100 y 500 millones de dólares, lo cual deja a 96 millones de personas que viven en pobreza. No se les ocurre decir en sus conferencias matutinas, ni en las nocturnas, que 10 por ciento de los mexicanos más ricos poseen 7 de cada 10 pesos de la economía nacional. Tampoco que, uno por ciento pertenece a la clase privilegiada, a la de los propietarios y explotadores, a los que doblegan y condicionan al gobierno y a cualquier partido político, y que concentra 40 por ciento de las riquezas nacionales, a cambio de que la población más pobre apenas sobrevive con 28 pesos al día en las zonas más marginadas del país.

Este gobierno que llegó hace dos años al poder, y que utilizó como bandera a los necesitados, no le pasa por la cabeza decirle al pobrerío que, el gobierno que “los representa”, va a socializar la riqueza que está concentrada en unas pocas familias, que va a distribuir la sobreproducción que el capital hace consumir al obrero en tiempos “normales” de sobreexplotación. En cambio, lo que sí dicen, es que tenemos que salir a producir, tomar el microbús, el metro. Nos debemos enfrentar cara a cara, cuerpo a cuerpo en horas pico y esperar que la buena suerte nos alumbre para no morir y no ser parte de las 27 mil familias que han perdido al menos a un familiar a causa del virus. Si el presidente de este país y el subsecretario de salud tuvieran que viajar desde Ecatepec hasta la Ciudad de México en horas pico en transporte público, pegados sus cuerpos a los de otros obreros, quizá podrían percibir sus sugerencias de manera algo distinta.

Por el bien de todos (los ricos), primero los pobres (salgan a morirse). La clase propietaria no tiene porqué salir a exponerse, a esta clase parasitaria lo que le corresponde es garantizar su renta y seguir viviendo en el lujo a costa de los trabajadores. La clase propietaria no asomará un solo pelo fuera de sus residencias mientras la pandemia continúe. Y, cuando exista antídoto, serán los primeros en obtenerlo. Por otro lado, lo que nos toca a nosotras y nosotros es salir a padecer las injusticias de un sistema económico criminal. “La gente pobre vive al día”, chillan los altos funcionarios morenistas, pero lo que no gritan estas hienas, es que los pobres viven así porque, y como dice aquella canción ácrata, “los señores han comprado una romana, para pesar el dinero que toditas las semanas le roban al pobre obrero”.

La Federación Anarquista de México se manifiesta en contra de las medidas que está llevando a cabo el Estado en esta crisis, pues claramente está anteponiendo el interés económico a las vidas del pueblo mexicano, como es natural en el sistema capitalista. Primero acumular riqueza, después lo demás. La FAM se manifiesta en pos de la socialización de la riqueza que es producida por la clase trabajadora, exige que todas y todos tengamos las mismas condiciones de seguridad ante esta pandemia. Si no se arriesga el rico, que no se arriesgue el pobre. La FAM hace un llamado al pueblo de México para solidarizarnos como compañeros y compañeras de clase y parar este crimen de Estado. Que nuestro lema sea: ¡De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad! Y puesto que, las condiciones de la pandemia ponen en riesgo a los trabajadores, estos no tienen por qué producir. Quedan las necesidades, que deben ser satisfechas en lugar de derrochar dinero público en megaproyectos, en gastos militares y en sueldos para altos funcionarios.

 

¡Nuestras vidas antes que sus ganancias!

Hoy más que nunca, ¡Salud y anarquía!

Federación Anarquista de México-IFA

 

 

Ciudad de México a 4 de julio de 2020.