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Rubén Trejo

 

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) recientemente publicó su libro Hacia una economía moral, con el propósito de “explicar los fundamentos de la nueva política que postulamos y estamos llevando a la práctica.” (21) Como se sabe, para AMLO, el modelo neoliberal o neoporfirista ha fracasado y está siendo sustituido por un nuevo proyecto que denomina “modelo posneoliberal mexicano”. De acuerdo con el autor, “La nueva política productiva que estamos llevando a la práctica consta de cinco acciones fundamentales: apoyar la economía popular, fortalecer el mercado interno, impulsar proyectos para el desarrollo regional, fomentar la participación de la iniciativa privada e intensificar el comercio exterior y la captación de inversión extranjera.” (104-105).

            Las cinco acciones arriba citadas integran una política productiva orientada a promover el desarrollo de la economía capitalista mexicana. Incluso el apoyo a la economía popular que propone, entre otras cosas, la recuperación del campo y la soberanía alimentaria se articula a una visión capitalista en la que el campo provea de “alimentos y materias primas”, contribuya al “equilibrio de la balanza comercial”, exporte cultivos de “alta densidad económica”, y genere empleos que reduzcan la demanda laboral en las ciudades (106).

            AMLO, en efecto, es muy sincero y claro en su proyecto económico: él propugna por una economía capitalista basada en la iniciativa privada, la apertura comercial, la inversión extranjera, los megaproyectos regionales (Tren Maya y Corredor Transístmico), el mercado interno, y en la que el Estado intervenga como promotor del desarrollo económico y en la distribución del ingreso. AMLO es un franco partidario y promotor de la economía capitalista. No obstante, se inclina por una economía capitalista basada en los negocios legales y honestos, no sustentados ni en la corrupción ni en el tráfico de influencias. Ahora bien, lo que la crítica de la economía política ha demostrado ─desde Proudhon a Marx─ es que los negocios legales y honestos capitalistas están basados en el robo de trabajo ajeno que los empresarios no pagan a los trabajadores, que las ganancias capitalistas son en última ─y primera─ instancia trabajo excedente robado por los empresarios a los trabajadores. La “probidad” de los negocios capitalistas está consustancialmente basada en la deshonestidad del robo de trabajo humano. Si el capitalista fuera honesto y equitativo, pagaría todo el trabajo del trabajador y no se robaría parte de su esfuerzo laboral ni sus productos. En tal sentido, toda riqueza empresarial es riqueza mal habida, es hija del hurto de trabajo ajeno. Si a lo anterior agregamos el saqueo, la rapiña y el despojo de los bienes comunes, destacadamente la tierra, el agua y los bosques, que llevaron a cabo los capitalistas y los Estados entre los siglos XVI y XXI ─en México y el mundo─ tenemos que el capitalismo lleva en su ADN, por así decirlo, la deshonestidad, el robo, el saqueo, la violencia y la guerra. Asimismo, la rapiña y el despojo de los bienes comunes, son promovidos y protegidos por el Estado y su violencia institucional. La destrucción, la muerte, la represión, la violencia por medio de los ejércitos y las policías son los medios para llevar a cabo el sometimiento y la destrucción de civilizaciones y culturas no capitalistas. Estos procesos forman parte de los medios económicos del capitalismo e integran su “economía moral” tanto en sus orígenes como en la época contemporánea. La finalidad de obtener ganancias económicas se logra mediante los medios “morales” del robo y el despojo. En tal sentido, la economía moral capitalista es la economía de la rapacería y la explotación.

            En la segunda mitad del siglo XX, la burguesía y el Estado mexicanos desplegaron dos modelos económicos de acumulación: el primero fue la industrialización por sustitución de importaciones (ISU), con su política de desarrollo estabilizador. Ante la crisis y el fracaso de este proyecto, implementan el modelo manufacturero exportador, maquilador, y la política neoliberal. Tanto el modelo de ISU como el neoliberal están enfocados en promover el desarrollo capitalista, aunque, ciertamente, tienen diferencias en las políticas fiscales y monetarias que utilizan, así como en la forma en que la industria y el mercado interno deben de integrarse al mercado mundial. No obstante, en ambos proyectos, el desarrollo de la acumulación capitalista genera, por un lado, una alta concentración de la riqueza en la oligarquía empresarial y una lacerante pobreza en millones de personas. Estos fenómenos económicos, en efecto, se recrudecieron con el neoliberalismo pues el capital buscaba recuperar sus ganancias disminuidas y, para ello, tuvo que destruir las conquistas sociales, reducir los salarios reales y despojar a las comunidades de sus bienes públicos y comunes. A partir de la crisis económica mundial de 2008 y de la política estadounidense de proteger su industria y su mercado interno, el neoliberalismo entró también en crisis. En nuestro país, la política neoliberal también muestra signos de desgaste y agotamiento.

            La economía moral de AMLO busca superar el agotamiento del modelo neoliberal para que el capitalismo mexicano logre un mejor desarrollo económico. Ahora bien, según AMLO, “el país y el mundo han cambiado mucho y en muchos sentidos, y sería imposible y hasta disparatado intentar un retorno a las estrategias del desarrollo estabilizador.” (139) En consecuencia, el Gobierno de AMLO mantiene del neoliberalismo lo que aún es viable para la acumulación en su etapa actual (control de la inflación, autonomía del banco central, T-MEC, finanzas públicas equilibradas, no revierte ni las privatizaciones ni el despojo), y proporciona al Estado un papel más dinámico como promotor del desarrollo y en la política social. Esta política “posneoliberal” tiene el propósito de renovar la explotación y la dominación capitalistas, mediante un Estado fortalecido y legitimado, así como garantizando la propiedad y la rentabilidad de las inversiones de la iniciativa privada, nacional y extranjera, ampliando el mercado interno e integrándolo de manera subordinada a las cadenas industriales, comerciales y financieras hegemonizadas por Estado Unidos en el T-MEC.

            El desarrollo estabilizador, el neoliberalismo y el “posneoliberalismo” tienen el marco sistémico común de garantizar las mejores condiciones para la propiedad y la rentabilidad del capital. Estos proyectos están enfocados en crear las condiciones favorables para el desarrollo del sistema capitalista por lo que sus espacios y procesos son similares (iniciativa privada, comercio exterior, mercado interno, inversión extranjera), pues son los espacios del capital. Ciertamente, cambia cómo articulan y combinan esos espacios. No obstante, todos ellos, tienen el propósito supremo de garantizar los negocios y la dominación capitalistas. Esos modelos no pueden erradicar la pobreza, la miseria y la desigualdad económica, pues al buscar el crecimiento de las ganancias y su monopolio por la clase burguesa, sólo logran, en el mejor de los casos, atenuarlas. Esas son las razones que explican que seis empresarios concentren ocho veces más riqueza que 62.5 millones de personas que viven en la pobreza, la mitad de la población del país, según el informe de OXFAM de 2020. La única forma de terminar con esos males sociales es acabar con el sistema capitalista y crear nuevas formas de vida social basadas en la libertad económica, en la asociación libre de productores y consumidores del campo y la ciudad.