En el Balance Centenario de la Revolución Rusa: ¡No olvidar que Los Anarquistas Avisaron!

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Alfredo Velarde

“La causa del México revolucionario y la causa de Rusia

son y representan  la causa de la humanidad, el interés

supremo  de  todos  los  pueblos  oprimidos”

                                                         (Emiliano Zapata[1])

 

Cuando la Revolución rusa de 1917 estalló hace 100 años, se vivían los años dramáticos en que la añosa Europa transitaba por la Primera Guerra Mundial y que anunciaba el desarrollo de un siglo convulso. Se trató, sin duda, de una era que marcó al siglo XX en la historia universal por sus guerras y el conjunto de aquellas revoluciones sociales que, como la mexicana y la “soviética”, anticiparon una ambivalente ruta singularizada por sus luminosas esperanzas; e, infortunadamente también, por sus agrios desencantos ulteriores. Se asistía, pues, a un tiempo histórico en que los explotados y oprimidos del viejo continente, se apuraban, con fundados motivos, a aprovechar las antagónicas diferencias entre los más poderosos imperialistas, a fin de superar la frustración que había provocado la dolorosa derrota militar -no política- de la trascendente Comuna de París de 1871, para redoblar la lucha combativa de los trabajadores que persistían en la lucha por alcanzar la genuina cristalización de un genuino proyecto emancipador, de alcance internacional para todos y que -enunciado en clave anarquista-, perseguía transitar desde el capitalismo histórico que la lucha revolucionaria pretendía destruir para depositarlo en el basurero de la historia, y el régimen sin clases comunista-libertario que siempre representó -en los verdaderos y nobles sueños en favor del radical igualitarismo justiciero- el buen puerto de arribo para el recomienzo de la verdadera historia, una vez superada la prehistórica zaga de opresión, desigualdad e injusticia para las mayorías sociales y que el capitalismo había contribuido a agravar por doquier.

 

Pero la promesa por la conquista de la igualdad, la libertad y la justicia para todos, en favor de un mundo diferente y mejor al impuesto por la burguesía ascendente y su joven capitalismo, tras la disolución de las monarquías absolutas y los últimos rescoldos feudales que con la modernidad se fue eclipsando en medio de luchas feroces, fue defraudada en forma sustitutivista por quienes, sustantivados en el poder del nuevo Estado falsamente “soviético”, generaron intereses antagónicos a los trabajadores que decían representarlos y que terminaron oprimiendo. Así, en esa lamentablemente peculiar dictadura sobre obreros, campesinos y la sociedad rusa en general, sólo se cambió a los viejos amos –el decadente zarismo y la burguesía ascendente-, por otros nuevos para mantener incólumes las desiguales relaciones en materia de mando-obediencia y en lo que hace a las antagónicas relaciones de explotación y apropiación por el falso “Estado rojo de los trabajadores” del excedente económico: una riqueza generada socialmente por los productores que eran despojados por el nuevo y despótico patrón y gobernante estatal. Ése fue, en síntesis, el fatal desenlace a que condujo la Revolución Rusa de 1917.

 

Ahora, cuando los acólitos del falso socialismo estatal se apuran con extravío a festejar el Centenario de la Revolución Rusa que debiera conmemorarse crítica y autocríticamente, no se debe olvidar que fueron los anarquistas (atrincherados en una ética auténticamente consecuente y revolucionaria), quienes avisaron con razón del peligro que entrañaba –a la postre demostrado-, de que una ambiciosa “minoría experta” de políticos profesionales y presuntos “iluminados dirigentes”, se hicieran del poder del Estado y el gobierno que terminó secuestrado, en contra de las auténticas fuerzas de la revolución: los soviets, compuestos por los consejos de obreros, campesinos y soldados, que fueron barridos en favor de un principio de autoridad ajeno a ellos y usufructuado por la clase-estatista en un poder ajenamente a los de abajo. Así lo previó Bakunin, casi medio siglo antes de la revolución en debate sobre el Estado con Marx; así lo testimonió el viejo Kropotkin, a su retorno en el curso de la revolución rusa y encarcelado por el mismo Lenin; así lo refirió después del triunfo bolchevique, en la década de los 30, el francés Gastón Leval como delegado de la CNT española en la Rusia durante el tiempo de la pesadilla estalinista; y así lo dejó asentado Volin, en su axial libro La revolución desconocida: Historia del silencio bolchevique. Así pues, conmemoremos sin celebrar la gran revolución rusa traicionada y denunciando los oficiosos y lamentables desplantes de hoy por reflotar a su mitológica historia de bronce, como eso que no fue ni es, en favor de una visón verídica que no se conforma con sus resultados y que aprende, con sus lecciones, que la nueva revolución contra el Estado-capital que debemos alentar en nuestro tiempo, no debe tropezarse con los mismos errores, para evitar los mismos horrores.     

Notas: 

[1] Carta de Emiliano del 14 de febrero de 1918, al inicio de la revolución y enviada al pueblo ruso desde el pueblo morelense de Tlatizapán. En ella, plasmó la cercanía de propósitos entre las dos primeras revoluciones sociales traicionadas del siglo XX. Sólo Zapata y Ricardo Flores Magón -que también envió desde prisión un mensaje solidario-, entendieron en México lo que se jugaba en Rusia.

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