A través de la historia y en todos los países del mundo, la opresión, desigualdad  y discriminación hacia las mujeres han generado, en consecuencia que no tengamos derecho a decidir sobre nosotras mismas, en nuestra vida cotidiana y lo que nos rodea.

El origen de estas desigualdades y discriminaciones encuentra su raíz en un sistema de dominación especifico,  llamado Patriarcado, que se ejerce de manera intersubjetiva y vertical, que designa tanto a hombres como a mujeres una serie de características simbólicas (dependiendo de la cultura), pero que suponen la superioridad masculina. Para que las mujeres podamos lograr una transformación y

 

Así, puede decirse que la evolución

y la revolución son dos actos sucesivos

de un mismo fenómeno; la evolución

precede a la revolución, y ésta a una

nueva evolución, causa de revoluciones futuras

 

Élisée Reclus (1)

 

La revolución, objetivo de los anarquistas, no es una revolución en el sentido neutral de la palabra.

En el anarquismo la evolución y la revolución son complementos una de la otra: la revolución no es otra cosa que la evolución llevada a sus máximas consecuencias (no últimas, pues el proceso evolutivo jamás se detiene) en el momento en que se desarrolla. Esta revolución da paso a nuevos procesos evolutivos y estos a su vez abren el horizonte a nuevos procesos revolucionarios.

 

Alfredo Velarde

“La causa del México revolucionario y la causa de Rusia

son y representan  la causa de la humanidad, el interés

supremo  de  todos  los  pueblos  oprimidos”

                                                         (Emiliano Zapata[1])

 

Cuando la Revolución rusa de 1917 estalló hace 100 años, se vivían los años dramáticos en que la añosa Europa transitaba por la Primera Guerra Mundial y que anunciaba el desarrollo de un siglo convulso. Se trató, sin duda, de una era que marcó al siglo XX en la historia universal por sus guerras y el conjunto de aquellas revoluciones sociales que, como la mexicana y la “soviética”, anticiparon una ambivalente ruta singularizada por sus luminosas esperanzas; e, infortunadamente también, por sus agrios desencantos ulteriores. Se asistía, pues, a un tiempo histórico en que los explotados y oprimidos del viejo continente, se apuraban, con fundados motivos, a aprovechar las antagónicas diferencias entre los más poderosos imperialistas, a fin de superar la frustración que había provocado la dolorosa derrota militar -no política- de la trascendente Comuna de París de 1871, para redoblar la lucha combativa de los trabajadores que persistían en la lucha por alcanzar la genuina cristalización de un genuino proyecto emancipador, de alcance internacional para todos y que -enunciado en clave anarquista-, perseguía transitar desde el capitalismo histórico que la lucha revolucionaria pretendía destruir para depositarlo en el basurero de la historia, y el régimen sin clases comunista-libertario que siempre representó -en los verdaderos y nobles sueños en favor del radical igualitarismo justiciero- el buen puerto de arribo para el recomienzo de la verdadera historia, una vez superada la prehistórica zaga de opresión, desigualdad e injusticia para las mayorías sociales y que el capitalismo había contribuido a agravar por doquier.

 

En las últimas cuatro décadas la burguesía mexicana y extranjera ha emprendido un magno proceso de saqueo de territorios, recursos naturales, tierras y trabajo. De esta manera se ha apropiado del agua, los bosques, las playas, el viento, los minerales, la electricidad, el petróleo, el espectro radioeléctrico y el trabajo de millones de mexicanos. La rapiña de la burguesía se ha completado con la apropiación de las empresas públicas de las telecomunicaciones, los bancos, las televisoras, las líneas aéreas, los puertos y aeropuertos, entre otras.

La rapiña de los recursos públicos, comunes y colectivos se ha llevado a cabo contra la voluntad de la sociedad y los pueblos mexicanos. El Estado ha desencadenado una bárbara represión contra la población para imponer el saqueo y el robo de los recursos naturales y públicos. La persecución, el encarcelamiento, la desaparición y el asesinato de campesinos, indígenas y trabajadores son los métodos de terror que utilizan la burguesía y la clase política para reprimir la oposición y la resistencia contra el despojo.

La digna rebeldía de los indígenas, los trabajadores, los campesinos y la sociedad civil continúa enfrentando la barbarie del saqueo capitalista. Las formas de movilización, las maneras de protestar y resistir son diversas y ocurren en todas las geografías del país. La mayoría, sin embargo, comparten que emanan del corazón común de los pueblos, de sus asambleas, sus organizaciones y sus formas de representación. Los pueblos, las comunidades y la sociedad civil se autoorganizan y autodirigen para enfrentar la rapiña de la ladrona burguesía.

La justicia más elemental demanda que los bienes, los recursos y los territorios despojados al pueblo mexicano regresen a sus legítimos dueños, que no son otros más que los pueblos, las comunidades y la sociedad en general. Justo es que lo saqueado y robado por la burguesía regrese a los campesinos, los indígenas, los trabajadores, los colonos. La tierra, el petróleo, las aguas, el viento, las telecomunicaciones, los bancos, el espectro radioeléctrico, las aerolíneas, la electricidad, deben regresar a manos del pueblo mexicano para que éste las gestione para el bienestar común de todos sus habitantes. Los millones de pobres, la miseria y el hambre, no desaparecerán mientras la burguesía siga enriqueciéndose con los bienes y los recursos robados a las comunidades rurales y urbanas, y apropiándose del trabajo de asalariados mal pagados.

Los sanguinarios ladrones de la burguesía le apuestan a continuar con el robo, la rapiña, la represión y la muerte. El México de abajo de los indígenas, los campesinos, los trabajadores y la sociedad civil se rebela y enarbola la esperanza colectiva de construir un mundo nuevo basado en la justicia, la igualdad y una vida libre para tod@s. Una vida libre que lograremos cuando la tierra y las aguas estén en manos de los campesinos y los indígenas, las empresas y los bancos en manos de los trabajadores, y, en suma, todos los recursos del país en manos de sus habitantes. El mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones creará una vida digna y libre en la que todos los bienes sean para tod@s y para el beneficio común de tod@s los habitantes del país.